CANTO XVII- Gerión o el Fraude

Gerión o el fraude. Al borde del precipicio. Blasfemos contra el progreso y convivencia humanas: los usureros. Descenso al segundo abismo.

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Vi salir una sombra como sale

un nadador, los brazos extendidos

desde el fondo del mar. A mis sentidos

llegó un profundo horror y aquí no vale

explicarlo. Que cada cual recale

su imagen. Yo sé que mis latidos

destemplaron sus pasos, ateridos,

que no existe pavor que se le iguale:

 

  Un rostro de hombre justo, comprensivo,

todo nobleza, dulce, alegre, vivo

y generoso, su vestido está lleno

de honores y de insignias, cuanto bueno

cabe en la tierra y busca el corazón.

Y dentro se ocultaba el escorpión.

 

  —He la fiera que quiebra la defensa

de los hombres, cuyo fétido hedor

corrompe y todo lleva al deshonor:

para ella no hay leyes, tan inmensa

es su ansia. Ve la torga y la prensa

de las almas. Utiliza al amor

para sus fines, se ceba en el favor,

convierte cada dádiva en ofensa

después de devorarla. La maldad

tiene en ella el nombre de ruindad.

Es pequeña, mezquina, sucia, fea

y asquerosa, acepta cualquier cosa

por devorar el bien y se recrea

siendo el gusano que seca la rosa.

 

  Así empezó mi Guía y añadió:

  —He aquí el engaño, la serpiente

disfrazada. ¡Cómo mueve, impaciente,

su envenenada púa! ¡Bien urdió

su emboscada¡, ¡ni Aracne tejió

mejor tela!

                Hela, en el saliente

de la roca, afable y sonriente,

mira con qué cuidado engalanó

el traje de embaucar para su presa.

Su cola en el vacío contrapesa,

haciendo arco, el peso que se agarra

al borde, cual nave cuya amarra

pretende estar al tiempo dentro y fuera.

Vayamos al encuentro de la fiera

y ya verá qué pronto la domeño.

 

  Fuimos a la derecha, descendiendo,

dejando arena y fuego. Yo iba viendo

que había gente al borde y mi Dueño

me los mostró:

 

                      Yo quedo en este empeño,

tú ve a verlos, en tanto contiendo

con el monstruo, pero te recomiendo

que no te esfuerces, todo allí es pequeño,

mezquino y vil. Son los usureros.

Verás colgada a modo de bicheros,

sus bolsas en sus pechos, ¡su tesoro!

Siempre han sido la escoria y el desdoro

de la Humanidad. Para ellos, el progreso

del mundo se mide según el peso

de sus ganancias.

 

                         Hijo, Dios creó

al hombre y estableció: “Creced

y poseed la tierra, encended

mi Luz en la materia”, y  le dio

el mundo. Pero el usurero no

acepta esta Ley. Sacia su sed

en sus cuentas y tiende su red

propia, tan mísero, que hasta lo

desprecia el fraude.

 

                            Y así, a solas

me llegué a los que estaban yaciendo,

las piernas al abismo, sofocados

como perros en verano. Las olas

de fuego les llegaban de ambos lados,

y cual hacen los canes, repeliendo

los tábanos, ora con el hocico

o con las patas, echados al suelo,

así ellos, con sus manos en revuelo

de moquero, de inútil abanico,

saciando sus miradas en su rico

botín, saliéndoles el duelo

por los ojos y el insaciable anhelo…

de más riquezas.

                        Nunca hubo borrico

más fijo en el talego de su pienso,

como ellos a las bolsas de sus cuellos.

Y al observarlos, vi distintos sellos

y dibujos, a modo de las marcas

que separan las arcas de las arcas:

una tenía el fondo azul intenso

y dentro de una marrana; otra un león

sobre fondo pardo; otra roja

con una oca blanca.

 

                             —¡Vete! ¡Moja

en otro plato! —me gritó cabezón

el de la cerda—. Y luego con fruición,

añadió:  —No es preciso que escoja

su puesto mi vecino que manoja

en tu tierra. ¡Venga ya su pendón!

¡Venga ya las Tres Cabras con su rey!,

que bien lo deseo y ya le guardo

sitio a mi izquierda. Traiga bien repleta

su bolsa, ¡y pronto!, que me inquieta

la espera y harto ha que le aguardo.

Y sacaba la lengua, como un buey

que se lame.

                   Le dejé con su mueca

y volví a mi Maestro que se había

subido sobre el monstruo y me decía:

  —Ahora se valiente, sube, trueca

tierra por aire. ¡Nunca hallé más seca

la garganta!  —Ve delante  —añadía

mi Señor—, pues su cola podría

lastimarte, mas ve que se desfleca

contra mí.

                Como el escalofrío

de la fiebre, así fue el primer

impulso. Pronto volví a creer

en mi Señor. Estaba tan vacío

que murmuré: “procura sostenerme»

y no salió mi voz.

 

                         Bastóle verme

al Poeta, que firme me tomó

en sus brazos y me montó, haciendo

de escudo contra el aguijón. Y viendo

que ya estaba seguro, ordenó

al bicho:  —Puedes bajar. Pero no

como estás pensando. Baja haciendo

giros y ve que te miro y entiendo

tus mañas. ¡Bien que le conoció

aquél!, más que mi miedo.

                                  

                                     Cual la nave

cuando sale del puerto, retrocede

poco a poco, hasta que se aleja,

así Gerión deshace la madeja

de sus garras, pone su cola cabe

su cabeza, y luego, cual procede

en tal gentil figura, haciendo

un sesgo cual si fuera un anguila,

abre sus alas, que mi ser vacila

en describir, y sigue descendiendo

en círculos.

                    De mi cuerpo, entiendo

que es sudor frío. Mi mente oscila

entre el abismo y el que me vigila.

El aire azota el rostro, pretendiendo

agrandar mi pánico. Oigo ruido

del torrente, miro abajo y aturdido

cierro los ojos, en un mundo ruego

ante la escena de terror y fuego.

Y tras un vuelo que yo siento eterno,

tocan mis pies en el tercer infierno.

 

                ORACIÓN

 

   Señora de la Paz que velas sola,

la soledad del hombre, ¡hay tanta pena!,

¡está tan confundido con la arena!,

¡está tan siempre al borde de la ola!

 

  Señora de la Paz, la caracola

donde el Amor se escucha y se serena

el alma de su angustia. Tú, la llena

de gracia, la sonrisa que arrebola.

 

  La del «no tienen», la que nada pide.

Tú, la mirada donde Dios se mira.

Tú, la fe, la esperanza, la humildad.

Tú, la palabra donde Dios decide.

Tú, su poema, su canción, su lira.

Virgen, Madre de Dios, danos la paz.