CANTO XXVI- Octava Bolsa. El Foso de los Fuegos Fatuos.

Octava Bolsa. El foso de los fuegos fatuos. Las mentes pervertidas. Ingenios extraviados del mundo antiguo. Ulises y Diomades. Relato del último viaje de Ulises.

GALERIA

¡Albricias, Patria mía! Eres tan

grande que tu nombre cruza el mar

y la tierra, y se oye resonar

en el Abismo. Cinco y de gran

alcurnia y fama, allí están

de los tuyos, nada más al entrar

en la Zahurda, para mi pesar

y tu deshonra. Ya ves dónde van

tus caminos…

                    Pero si es verdad

lo que se sueña en el amanecer,

aún más daño te hará la ruindad

de un pequeño Prato, en querer

tus males. Y si ha de ser, que sea

cuanto antes, para que no lo vea

ya viejo, sumando en la amargura

tus daños a mis años, sin poder

ayudarte.

              Luego, tras volver

al arco, pasamos a la hondura

de la octava fosa, por senda dura

y tan abrupta, que hay que poner

la mano con el pie, para hacer

el paso. Y cambié de negrura

y de angustia.

                    Allí me estremecí,

como tiemblo ahora, cuando pienso

en aquello, y refreno y tenso

mi ingenio en la humildad, para que si

mi estrella, o poder más alto, me

lo dio, no sea mi orgullo quien se

lo ciegue.

              No ve en verano

el campesino —al llegar la hora

del cínife, cuando se demora,

y dando el descanso a la mano

del trillo o la vid, desde el altozano

de su hijuela extiende, inquisidora,

su vista sobre el valle, donde mora

ya la noche del sueño y del desgano—,

no ve más luciérnagas pasar

en las sombras, como fuegos vi vagar

dentro de la octava fosa, cuando

al cruzar el puente encontré,

en su borde, un hueco desde el que

podía ver el fondo.

                           Y si buscando

Eliseo a Elías, tratando

de seguirle, cuando se alzó

su carro, —que tan sólo alcanzó

a divisar la gran luz desgarrando

el espacio que se iba adentrando

en lo alto, hasta que se ocultó

en las nubes—, así me sucedió

a mí, al detenerme, observando

aquel abismo.

                    Los fuegos embozan

a los seres, cual pantallas que encierran

la lumbrera en un hueco apartado

e impenetrable, la destierran

de toda visión y encorozan

su ser. Allí el espíritu, cercado

todo por su fuego encubridor,

es una llama oscura sin figura

ni rostro.

             Yo miraba la hendidura,

doblando el cuerpo para ver mejor,

tan absorto, que si no fuera por

el pretil de la roca, me captura

y topara en el suelo de la hondura,

sin rozar ni una piedra. Mi Señor,

viendo mi interés, me dice:  —Dentro

de esos fuegos secos, vagan los

espíritus, cada cual confinado

en su llama.

                 —Maestro, he pensado

lo mismo. Pero ésa, hendida en dos

lenguas que se unen en el centro,

¿quién es?

                 Y mi Guía:  —Ésos son

Ulises y Diomedes: uncidos

en la condena como avenidos

estuvieron en la ambición,

en el engaño y en la pasión

por el ardid. Pagan los descuidos

de la ingenua Troya, los gemidos

de Deidamia, cuyo corazón

llama muerto a su Aquiles, y el robo

de la amable diosa protectora

de la ciudad, manchando como el lobo,

la tregua de la noche que aún llora

su infamia.

                —¡Ay, Señor! —le digo—,

sabes que te obedezco y que te sigo

en todo. Por eso, te ruego y te

suplico que si pueden hablar

y sus palabras pueden traspasar

la llama, déjame esperar a que

se acerquen.

                   —Así lo haré,

y bien se lo que quieres preguntar

—me dice—. Pero aquí hay que obrar

con sutileza. Yo intentaré

que respondan. Tú, ahora, procura

callar y déjame hacer a mí.

Estos griegos son arrogantes y

si tú les preguntaras, pasarían

de largo y ni aún se dignarían

a escucharte, desde la altura

de su linaje.

                 Y luego de buscar

el punto, mi Señor se dirigió

a ellos del siguiente modo:

                                        —¡Oh,

vosotros dos, que hacéis impar

vuestra llama! Si el pergeñar

mi alto poema que extendió

vuestra fama en algo me ganó

vuestra estima, cese vuestro vagar

y dígame uno de vosotros, dónde

fue a morir extraviado en el

último viaje.

                 Entonces, de aquel

fuego antiguo, la lengua que esconde

al mayor comenzó a oscilar

y agitarse como la vela al notar

el viento, con un rumor lleno de

fatiga, hasta que al fin sacó

de su punta una voz que habló

así:

     —Luego que me aparté

de Circe, que por más de un año me

retuvo en Gaeta —aunque entonces no

tenía el nombre que le dio

Eneas—, y cansado, regresé

a los míos, ni el temor filial,

ni la piedad debida a la vejez

del padre anciano, ni la ternura

de Penélope, me dieron ventura

ni sosiego, ni calmaron mi sed

de ver el mundo, tanto en su mal,

como en sus virtudes.

                               Y así

pues, me lancé al mar dilatado,

sólo con mi barco y aquel puñado

de adictos que no me abandonó. Vi

cuantas tierras le bañan. Recorrí

entrambas costas de uno y otro lado,

hasta España y Marruecos y lo alzado

en su mar.

               Éramos ya viejos y

lentos, cuando llegamos a la estrecha

garganta, donde Hércules plantó

las dos columnas, prohibiendo pasar.

Dejé a Sevilla a mi derecha,

y antes Ceuta a la izquierda.  —“¡Oh,

hermanos! —les dije—. Tras arrostrar

mil peligros, habéis arribado

a Occidente. No os queráis negar

la gloriosa experiencia de alcanzar

las riberas del mundo reservado,

que  todavía no le fue entregado

al hombre y se halla en este mar,

siguiendo el sol. Ya va a terminar

la vida. Ved que no se os ha dado

para pasar como brutos, sino

para lograr la virtud y la ciencia”.

 

  Y tras estas palabras, prendió

en mi gente tal ansia e impaciencia,

que hubiera sido inútil el enmiendo

a la decisión. Y así, volviendo

la popa a Oriente, siempre torciendo

a la izquierda, hizo nuestra osadía

los remos alas.

                    La noche veía

ya todas las estrellas surgiendo

del otro polo, y el nuestro —durmiendo

al otro extremo—, apenas parecía

sobresalir del agua y escondía

las suyas.

             Cinco veces vi creciendo

y menguando a nuestra luna,

desde que entramos en aquel gran mar,

cuando se nos apareció una

montaña que pese a la negrura

de la distancia, era de tal altura

que su cima parecía entrar

en lo alto. Aquello nos llenó

de gozo, que pronto se nos trocó

en tristeza.

                De esa tierra surgió

un remolino que se dirigió

a nuestro barco y lo embistió

de frente. Por tres veces lo giró

en las ondas. A la cuarta, alzó

la proa en el aire y apretó

la popa, que al punto se hundió

en el abismo que se abrió

bajo nosotros por la voluntad

del Desconocido.

                        Y tras entrar

nuestra nave en la profundidad,

las aguas se volvieron a quedar

lisas.