CANTO XXX- Décima Bolsa. Los Cerdos Rabiosos.

Décima Bolsa. Los cerdos rabiosos. Usurpadores de las personas: Gianni Schicchi, Mirra. Adulteradores de la verdad de las cosas y en los hechos: Maese Adán, Sinon el griego. Disputa entre falsos.

GALERIA

En el tiempo en que Juno se airó

contra los tebanos y les envió

a las Furias, en tal modo nubló

a Atamante, que cuando vio

a su esposa con sus hijos, gritó:

  —»¡Cacemos la leona!». Alargó

sus manos como garras, tomó

a uno de los niños, lo alzó

en el aire, y lo estrelló

contra una roca. La madre huyó

con el más pequeño y se ahogó

en el mar.

              Cuando Fortuna aplastó

el poder de Troya —que se atrevió

a todo—, y en un día cayó

reino y rey, Hécuba, que vio

morir a su esposo y sacrificar

a su hija Polixena para honrar

a Aquiles, cuando encontró

el cadáver de Polidoro, aulló

como un perro, junto a la mar,

enloquecida, sin pronunciar

palabra. Que así el dolor secó

su razón.

              Pero nunca las Furias,

ni en Tebas ni en troyanos, fueron

tan feroces —ni siquiera con

animales—, ni hicieron injurias

a los cuerpos con tal expresión

de saña, como dos que aparecieron

corriendo enloquecidas entre los

yacentes apestados, mordiendo,

pisoteando y removiendo

por entre los montones, en pos

de su rabia salvaje. Nos

callamos todos. Los cerdos saliendo

de sus cochiqueras no irían haciendo

tales destrozos.

                       Una de las dos

sombras llegó como un rayo, agarró

con su boca a Capocchio, se hundió

en su cuello y se lo llevó

arrastrando por el suelo, tirando

de su cuerpo, que se iba desollando

costra a costra y tropezando

con todo.

               El de Arezzo quedó

lívido y murmuró:  —Ahí va

la bestia de Gianni Schicchi que está

rabioso.  —Ojala la otra no

te toque —le digo—. ¿Quién es?

                                              Miró

aquél temblando y murmuró:  —Es la

la vieja Mirra, que nunca dejará

de atormentarnos. Se fingió

otra mujer y así fornicó

con su padre. El otro falseó

un testamento y se mandó el legado.

 

  Una vez que se hubieron alejado

los dos energúmenos, me fijé

en otro que yacía y que de

serrar sus piernas, podría pasar

por un laúd. La hidropesía, al par

le hinchaba el vientre a punto de estallar,

le abrasaba de sed, haciéndole alzar

el labio superior y bajar

el otro, que parecía tocar

la barba.

            —Vosotros, que veo andar

sanos y no acierto a imaginar

por qué causa, ved a Maese Adán

—nos dijo—: Tuve en vida todo cuanto

quise y ahora no deseo más

que una gota de agua.

                                 Las

fuentes y arroyuelos que van

al Arno, abriendo con su canto

los canales, dejando su humedad

y frescor en la hierba, aparecen

ante mis ojos y crecen y crecen

en mi recuerdo. Su simplicidad

y dulzura agrandan la sequedad

de mis labios y me escarnecen

aún más que los líquidos que endurecen

mi vientre.

                Allí está la ciudad

confiada donde manipulé

la buena moneda y dejé

mi cuerpo abrasado. Pero si viera

en esta fosa a cualquiera

de los tres grandes que me indujeron

a cometer la infamia y fueron

la causa de mi perdición, no

cambiara ese placer ni por

todas las dulzuras y el frescor

de Fontebranda.

                        Uno ya cayó

y está aquí, o eso es lo

que gruñen las sombras que en su furor

lo recorren. Pero corto favor

me hacen: ¿de qué me sirve? Si yo

fuera tan ágil que pudiera andar

medio dedo por siglo, a pesar

de todo, fuera a por él.

Fue por culpa de ellos que estampé

el sello del Bautista y la flor

de lis sobre monedas con valor

amañado.

               Y yo le pregunté:

  —¿Quiénes son esos dos desgraciados

que están a tu derecha, pegados

entre sí, y despiden humo de

sus cuerpos, como las manos que

se mojan en invierno?

                               Y él: —Trabados

los hallé cuando caí, trabados

continúan, y no parece que

se vayan a mover por toda la

eternidad. Una es la mujer

de Putifar, la que calumnió

a José. Otro Sinón, que mintió

a Troya, llevándola a creer

la trampa. Arden de fiebre y ya

ves que ese hediondo vapor no

es sino grasa quemada.

                                 Por lo

visto, al griego no le gustó

el comentario, pues le sacudió

con el puño en la panza que sonó

como un tambor. Maese Adán lanzó

un directo que no me pareció

menos templado y añadió:

  —Aunque no me pueda mover,

para esto tengo el brazo bien

suelto.

           Respondió el febril: —No en

la hoguera, aunque bien lo manejabas

con falsas marcas para corromper

la ley. Y el hidrópico:  —Acabas

de decir lo único cierto que

han pronunciado tus labios. No

como en Troya, cuando se te pidió

que dijeras la verdad y no te

importó poner a los dioses de

testigos.

              Y Sinón le replicó:

  —Si yo mentí en un supuesto, lo

que salió de tus manos no fue

uno, sino millares.

                         Contestó

el del vientre hinchado:  —¡Acuérdate,

perjuro, del caballo y atorméntate,

porque todos lo saben! Respondió

el griego:  —Y a ti te atormenta

la sed, y el agua que revienta

en tu tripa podrida y se planta

ante tus ojos como una montaña.

 

Y el del falso cuño: —Tu boca amaña

mentiras, como siempre, suplanta

los hechos y suelta toda cuanta

vileza tiene. Pero no me extraña

conociéndote. Pues a ti te araña

la sequedad, la fiebre no se aguanta

en tu cuerpo, se te estalla la

cabeza; y en cuanto a beber,

ahora mismo ya estarías a

cuatro patas, con tal de lamer

el espejo de Narciso.

                             Estaba

yo mirando la greña y escuchaba

con mucha atención, cuando mi Señor

dijo:  —Sigue, que ya voy a empezar

a enfadarme. Entonces, al notar

mi yerro, me volví con el color

de la vergüenza y tal ardor

en el rostro, que aún lo siento quemar.

 

  Y como sucede que al soñar

una desgracia desea el soñador

que sea un sueño, deseando lo

que no es como si fuera, así

estaba yo, sin poder pronunciar

palabra, que me quería excusar,

y me excusaba realmente, y

no creía hacerlo.

                        Lo advirtió

mi noble Maestro y dijo:  —Con

menos vergüenza se borran más

graves faltas. ¡Anda! Deja atrás

toda esa tristura y compunción,

que en una buena parte es pasión

de orgullo y sigamos.

                              Aún darás

muchos pasos, mas siempre me tendrás

a tu lado. Y cuando la ocasión

te ponga ante disputas semejantes

a ésta  —que no se atiende a más

que a las pasiones, faltas de pureza

de intención— apártate cuanto antes.

Piensa que nada bueno sacarás

y el gusto de escucharlas ya es bajeza.