CANTO XXI- Quinta Bolsa. La Brea Hirviente.

Quinta Bolsa. La brea hirviente. Manipuladores de los oficios públicos. Los demonios de Garras Malditas. El arco derrumbado.

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Como en invierno en el arsenal

de Venecia arde tenaz la pez

para los barcos, que por la vejez

o averías no pueden darse al

mar… y en tanto que cada cual

construye su nave, otro a la vez

calafatea, dando solidez

al casco, tras el agua y la sal

de muchos viajes… y uno embrea la

proa, otro la popa, quien hace

remos, quien retuerce cuerdas, quien

a los costados… y aquéllos, ya

más avanzados, atienden al enlace

de la arboladura y al sostén

de los palos de las mesana a

la mayor…, así —mas por fuego no

común—,  vi hervir un alquitrán que lo

invadía todo.

                     Poco hallará

allí el viajero y en vano andará

la vista. La mía se empleó

a fondo y solamente vio

la masa densa, espesa, que se va

hinchando y levantándose, revienta

sus vejigas, esparciendo la pez,

y vuelve a comprimirse, una vez

y otra… y otra…, ya sin cuenta

ni final.

           Contemplaba el hervor,

absorto en él, cuando mi Señor

me agarra fuertemente:  —¡Cuidado!

¡Cuidado!, murmura. Presentí el

peligro cerca. Y como aquél

que quiere ver lo que le ha causado

el pánico sin dejar el dictado

de los pies, así estaba yo: del

miedo al deseo.

                         Y no hay piel

que no se hubiera toda erizado

ante el negro demonio que volaba

por detrás de nosotros, trasportando

en su espalda a uno que colgaba

como un saco, sujeto por los

pies.    

    —¡Agarradlo bien! ¡Ahí os

va! Y lo arrojó al foso, gritando

a sus congéneres:  —¡Ved lo que viene

a Garras Malditas! ¡Un buen juez

de Lucca que nos trae su merced!

Yo vuelvo a esa tierra, que tiene

muchos y grandes, y ya conviene

que algunos prueben la honradez

de sus juicios. ¡Ea!, que esta vez

no falle. Vea si aquí le sostiene

su cargo.

               El mísero se hundió

en la brea y subió hecho un arco,

pero los otros, armados de arpones,

le esperaban. Y bien se ensañó

aquella chusma, pues no hubo barco

mejor engarfiado ni histriones

más sádicos:  —¡Baila, baila! —gritaban

riendo—. Y no te dobles, que aquí

no hay Justo. Nada ahora. Ve si

flotas como en tu Serchio.

                                        Y apretaban

hincando los chuzos hasta que acaban

de sumergirle:  —Y pobre de ti,

si vuelves a asomarte. Queda ahí

con tu firma por si te la recaban.

Tal los marmitones hacen con las

viandas.

             Y mi Señor:  —Queda tras

una roca, que no te vean, en tanto voy

a hablar con ellos. Pero te doy

un aviso: no te asustes si me

quieren ofender, que harto se,

por antes, cómo son estos venales.

 

  Cuando estuve a cubierto, él cruzó

el puente y tan pronto alcanzó

el borde, ellos —como chacales

hambrientos—, le rodean brutales

y maliciosos. Siempre me asombró

su valor, pero aquí se me mostró

su prudencia. Sin mostrar señales

de inquietud les grita:  —¡Que ninguno

se atreva a tocarme! Busco al jefe

y él verá lo que os conviene hacer,

después de oírme.

                              De entre ellos, uno

se adelanta.  —¿Crees tú, mequetrefe,

—le dice—, que te va a valer

de algo? Y mi Maestro:  —¿Y tú te

imaginas que yo habría bajado

hasta aquí, de no estar guardado

y protegido en todo? Te diré

más: allá vosotros. Yo ya os he

advertido. Por mi parte, he tratado

de mostrarme cortés y demasiado

sabes que no puedes burlarte de

quien me envía. Déjame pasar

con el mío, no vaya a aumentar

vuestro daño.

                    Algo se barruntó

Cola Maldita —que así le llamaban

sus compañeros— porque apartó

el tridente y dijo a los que estaban

con él:  —¡Dejadlos!

                                Y mi Guía a mí:

  —Puedes venir tranquilo. Yo empecé

a andar aprisa, mas no dejé

mi miedo ¡Como si fuera así

de fácil! Y menos, cuando vi

el furor de sus ojos y escuché

que uno decía a otro: “¿Por qué

no le acariciamos?” ¡Tal temí

que lo hicieran! No más vi temblar,

en otros tiempos, a los que salían

rendidos de Carpona, al pasar

entre los enemigos que pedían

su sangre.

                Y fingiendo el valor

que quisiera, me arrimé a mi Señor

cuanto pude, oyendo el rechinar

de sus dientes. Su jefe ordenó

que se callaran y se dirigió

a mi Maestro:

                    —Si queréis pasar

más adelante, tendréis que cambiar

de puente. Por el de aquí ya no

hay paso. Este arco cayó

desplomado al foso, al temblar

la tierra. Precisamente ayer

hizo mil doscientos sesenta y seis

años y un día, menos cinco horas,

del suceso. Así que si queréis

seguir adelante, debéis torcer

por la quebrada.

                        —Hay almas burladoras

de nuestras leyes, que cuando no

estamos cerca, buscan de tomar

el aire, tratando de aliviar

sus calores. Ya más de una probó

nuestro enojo, y aunque lo

temen, nunca dejan de intentar

su empeño. Yo voy a enviar

a algunos de mi tropa en pro

de sus carnes. Podéis acompañarles.

 

  Y eligió a diez, que al designarles

por sus nombres, ya entendí la maldad

de sus mentes y la especialidad

de su tortura:  —¡Vosotros, vigilad

por las orillas y acompañad

a éstos, hasta llegar al puente

que está entero!

                        — ¡Maestro! ¡Qué veo?

¡Míralos cómo rechinan! ¡Yo creo

que maquinan algo! Ciertamente

no me gusta esta tropa, ni esta gente

—le digo—.  —Hijo, no hagas empleo

de tu angustia: ellos van al ojeo

de los de dentro. ¡Vamos! sé valiente

y no temas.

                   Vi que antes de echar

el paso, cruzaron una señal

extraña que no me pareció exenta

de malicia. El jefe hizo sonar

los intestinos como triunfal

trompeta, digna de aquella opulenta

tropa. Y empezamos la marcha.