CANTO XXV- Séptima Bolsa. Caco, el Centauro Ladrón.

Séptima Bolsa. Caco, el centauro ladrón. La cuadrilla. Ladrones robándose. La forma humana. Cianfa, Agnel, Bouso, Sciacca. Metamorfosis infernales.

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Cuando acabó,

alzó el brazo con gestos indecentes

contra Dios. Desde entonces las serpientes

me caen bien: una se le enroscó

en el cuello, otra le ató

los brazos a la espalda y sus dientes

y anillos sirvieron contundentes,

de respuesta. El procaz huyó,

sin añadir palabra y me bastó

con verlo.

              ¡Ay, Pistoya! ¿Por qué no

te aniquilas, si tus hijos de hoy son

peores que los de antes? Ni con

lupa, se podría hallar, ni en el

mismo Báratro, otro como aquel

tuyo en el encono.

                             Vi llegar

a galope un centauro que gritaba:

  —¿Dónde fue ladrón? Su grupa anudaba

más reptiles que pudieran criar

las marismas. Vi en su lomo montar

un terrible dragón que vomitaba

fuego, y a su paso lo arrasaba

todo.

         Y mi Guía, sin esperar

la pregunta:  —Ése es Caco, que

bajo las rocas del monte Aventino,

más de una vez hizo un lago de

sangre con reses y ganados. No

está con su raza, porque robó

y mató sin hambre. Su desatino

salió al fin y Hércules le aplastó

a golpes con su maza, al pie

de su cueva —más de cien—, aunque

él no llegó a sentir el décimo.

                                        Yo,

atento a mi Guía y él a mí, no

nos percatamos de un grupo de

tres almas que se acercaba. Fue

que una alzó el rostro y nos gritó:

  —¿Quiénes sois?, pero sin dejar ver

sus caras. Mas suele suceder

que la gente, al hablar, nombre a

otros; y uno dijo:  —¿Dónde se ha

quedado Cianfa? Y por el compañero,

supe la panda.

                     Y aquí no espero

que me creáis. Yo lo vi y mi mente

aún vacila. Estaba observando

a esos tres, cuando vino reptando

entre los guijos una gran serpiente

de seis patas, y una vez frente

a ellos dio un salto, abrazando

el cuerpo de uno y apretando

a él, el suyo.

                   Inmediatamente,

con las patas de en medio, le

rodea el talle, con las de

delante, ata sus brazos y pega la

boca a sus mejillas, las de atrás a

los muslos, mientras la cola del

bicho, por la entrepierna, aprieta el

torso y la espalda.

                          Nunca fuera

hiedra más contra el árbol, ni cordel

más prieto y anudado, como aquél

y ésta. Luego, como la cera,

se entremezclan sus carnes y no era

hombre o reptil, escamas o piel:

todo revuelto, como si el troquel

de formas y sustancias se hubiera

roto.  —¡Agnel, Cómo has cambiado,

—le dicen—, eres ni uno ni dos.

 

  De una cabeza se forman los

dos semblantes; las carnes se confunden;

las partes se transmiembran y se funden

entre sí. Contemplo, anonadado,

patas, brazos, cuellos, vientres que se

entreamasijan, y el primer

porte se borra, para aparecer

formas sucias y perversas, de

tal degradación y fealdad, que

es recordarlas y enmudecer

de repugnancia.

                       Y aquel ser

ambiguo —dos y nadie—, se fue

alejando lentamente, usando

sus medios miembros, medio reptando,

medio de pie, de un modo vacilante

e inconexo, ante el mudo desplante

de los otros. Yo, lleno de estupor,

pensaba que no cabe más horror.

 

  Cuando en agosto abrasa la calor

y el lagarto precisa cambiar

de arbusto, parece emular

al rayo. Tal, y llena de furor,

vi una pequeña sierpe del color

de un grano de pimienta trepar

por las piernas de otro, alcanzar

su vientre y penetrarle por

el ombligo. Tras morderle, cayó

al suelo mirándole.

                           Abrió

el mordido la boca y bostezaba

fiero. La sierpe le devolvía

el mismo gesto. Mientras, se formaba

un humo denso y negro que salía

de herida y fauces.

                           ¡Callen poetas

de antaño! ¡Calle Ovidio, cuando

en sus Metamorfosis va cambiando

figuras! He aquí dos naturas quietas,

frente a frente, dos esencias, sujetas

la humana a la maldita, trastocando

sus distintas materias, trasmutando

sus diversas sustancias repletas

de odio.

             El hombre y la serpiente

se correspondían de tal manera,

que cuando ésta abrió la cola en forma

de horquilla, aquél hace la horma

contraria: junta los pies, aglomera

piernas y muslos, y torpemente

los adelgaza hasta no dejar

rastro de su antigua función.

Mientras, la cola hendida se hace con

los miembros hechos para andar.

La piel de ésta se ablanda, al par

la otra endurece.

                         Vi la consunción

de los brazos y su desaparición

en las axilas, y los vi formar

en la serpiente a la altura

del hombro. Las patas del reptil se

unen y forman el miembro que

el hombre oculta y el de éste formaba

aquellas.

            En tanto, el humo daba

el color de serpiente y su textura

al hombre y viceversa, haciendo

salir en una, el pelo que quitaba

al otro. Entonces la que se arrastraba

se yergue, y el erguido cae mordiendo

el polvo, siempre manteniendo

la mirada de odio que cambiaba

mutuamente sus rostros.

                                    Al que estaba

alzado se le va encogiendo

la boca hacia las sienes. Con

la piel sobrante se hacen las

orejas y la que no corrió atrás

se levanta, conforma la nariz,

los pómulos, redondea el mentón

y engruesa los labios, dando el cariz

propio a la boca.

                        El que cayó,

al mismo tiempo va adelgazando

la cabeza, que se alarga, echando

el hocico hacia adelante. Lo

que eran orejas se esconden —no

muy diferente al caracol cuando

mete los cuernos—. Y llegando

al final, la lengua que se empleó

en el habla se hiende en canal,

mientras se une en la otra. Y el

humo cesa. El alma de aquél

—ya serpiente— huye silbando

por la fosa y el reptil, hablando,

la corre y esputa. Se vuelve al

que queda: —Ahora quiero —le

dice— que Bouso se arrastre y

repte como lo hice yo.

                                 Tal vi,

en el séptimo agujero de

las Bolsas Malditas, cómo se

odiaba y despojaba entre sí,

la infame raza; y hable en mi

favor su rareza, si no lo he

descrito bien.

                     Huyen esos dos,

mas no tan ocultos que —aunque

ofuscado— no viera a Sciacca, el que

quedó con su antigua forma de los

primeros. El otro, mejor le orille

el olvido. Tú no puedes, Gaville.